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La historia de amor de Ernesto Guevara en Miramar y el “Día de Reyes”, antes de ser el «Che”


La historia de amor de Ernesto Guevara en Miramar y el “Día de Reyes”, antes de ser el «Che”
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Ernesto Guevara descendía la escalera marmolada de la mansión dominada por voces, risas y la música de la fiesta de casamiento. Se detuvo por un instante en el rellano de un escalón, alzó la vista y cruzó una mirada con los ojos verdes de María del Carmen Ferreyra; una adolescente linda hasta doler en todo el cuerpo. En un instante, los dos quedaron fulminados por un amor inmediato, al que el joven Guevara le dedicó cartas, poemas y ofrecimientos de matrimonio, hasta convertirse en un tackle para su vida.

La historia entre la muchachita aristócrata y el plebeyo comenzó en octubre de 1950. Esa noche el lujoso chalé de la familia González Aguilar, ubicado en el Cerro de las Rosas, lucía sus mejores galas y alteraba al paquete barrio cordobés. Los invitados descendían de sus vehículos y taxis luego de participar de la formal ceremonia religiosa. Las campanadas de la felicidad aún retumbaban cuando los adelantados ya tomaban aperitivos al aire libre.

Como lo exigía la costumbre, las mujeres llevaban vestidos largos con aderezos de alhajas. La mayoría de los hombres mostraban sus dominantes trajes oscuros, con un pañuelo, cuyas puntas asomaban en el bolsillo delantero. Un conserje de gesto adusto recibía la tarjeta de invitación para después indicar el camino hacia los salones de la mansión. Cada varón y cada mujer habían elegido el atuendo para una boda, que había sido la comidilla de la clase alta cordobesa.

En medio de peinados de peluquería y corbatas al tono solo una persona no vestía de gala. Ni tampoco mostró su tarjeta de invitación. Ernesto Guevara cruzó el pórtico de acceso junto a Pepe, el hermano de la flamante esposa e íntimo amigo de María del Carmen Ferreyra. Guevara llevaba puesto una camisa celeste de fibra poliamida, unos pantalones arrugados y unas zapatillas blancas. No tenía medias ni saco. Tampoco llevaba corbata, a las que prefería usar de cinturón antes que anudárselas al cuello.

Aquella noche ese joven musculoso, de pelo corto y flequillo al viento, había entrado en la fiesta con el mismo desparpajo con que años después entraría en la historia. Tenía veintidós años y aunque se llamaba Ernesto Guevara, por entonces le decían Fuser. Era una abreviatura de “Furibundo Serna,” que describía el carácter volcánico y los momentos de estallido. Un apodo nacido entre partido y partido de rugby.

María del Carmen Ferreyra era Chichina para sus íntimos. Tenía dieciséis años y era la niña mimada del empresario Horacio Ferreyra, su padre y de su hermano, al que todos llamaban Cuco. Los Ferreyra eran un imperio económico, dueños de una de las fortunas más grandes de Córdoba. Poseían la cantera de piedra caliza “Malagueño” y un complejo fabril, de los pocos en esos tiempos.

“Malagueño tenía una extensión de dos mil hectáreas, y la estancia comprendía canchas de polo, caballos árabes y un pueblo feudal de obreros de la cantera. Todos los domingos la familia concurría a misa a la iglesia del pueblo y ocupaba una capilla propia a la derecha del altar con una entrada particular y una baranda donde los Ferreyra, comulgaban lejos de la masa trabajadora”, recuerda Dolores Moyano, prima de Chichina.

Chichina era una joven “extraordinariamente encantadora y hermosa”, que para consternación de sus padres se había enamorado de un hombre que detestaba todo lo que representaba la clase social de los Ferreyra. La muchacha tenía el pelo oscuro, tez blanca y labios  gruesos. Las fotos de la época muestran a una Chichina con el cabello más bien rebelde y un mechón a la derecha de la cara, que le tapa a medias los ojos inmensos.

La joven era un sol que tenía enamorada a los chicos que la rodeaban y que pertenecían a su similar condición social. Ninguno había ganado su corazón hasta aquella mirada que la atravesó como un rayo y la conmovió. Fue una atracción desde lo opuesto.»Ernesto venía de otro gallinero y conquistó a la princesa de la cual todos estábamos prendados», recordaba Jorge Beltrán, amigo de la familia.

«Me fascinó su físico obstinado y su carácter antisolemne», contaba Chichina en octubre de 1967 a la revista Primera Plana. Aquel mes, Ernesto Guevara fue ejecutado por la CIA en Bolivia y todos los llamaban el Che. «Su desparpajo en la vestimenta nos daba risa y, al mismo tiempo, un poco de vergüenza. No se sacaba de encima una camisa de nailon transparente que ya estaba tirando a gris, del uso. Se compraba los zapatos en los remates, de modo que sus pies nunca parecían iguales. Éramos tan sofisticados que Ernesto nos parecía un oprobio», agregaba Chichina.

Ernesto Guevara había cultivado una amistad con los González Aguilar durante sus años en Córdoba. Y también se vinculó con Tomás y Alejandro Granados. Con este último compartiría su primer viaje por Sudamérica en una motocicleta. Cuando Carmen González Aguilar decidió casarse, él fue el primero en ser invitado, y viajó hasta Córdoba por tres días para asistir a la fiesta. Ernesto y Chichina se encontraron aquella noche del casamiento en la escalera y compartieron una conversación sobre libros y arte, hasta la madrugada.

El acercamiento entre Chichina y Ernesto Guevara alteraron a la tradicional familia cordobesa. La fascinación mutua se tradujo en renglones de hojas de cuadernos y cartas que los dos no dejaban de escribir. Sin embargo fue recién en la Semana Santa de 1951 cuando la atracción y el amor se tradujeron en romance. Fue la formalización de la relación y un beso fugaz, según confesaba la propia Chichina, en el año 2001 en una entrevista realizada en el Hotel Windsor.

Los ojos verdes de la jovencita habían encandilado a Ernesto Guevara. “Su paradójica luz me anuncian el peligro de adormecerme en ellos”, escribió el Fuser. La relación entre ellos se alimentó a la distancia y enredada por las propias limitaciones de historias disimiles. Ernesto Guevara vivía en Buenos Aires donde estudiaba medicina y realizaba viajes como enfermero en buques de la marina mercante. Chichina acudía a un colegio de monjas y no dejaba de asistir a misa.

Durante los primeros tiempos el noviazgo esquivó dificultades y los recelos de la familia Ferreyra. Ernesto viajaba a Córdoba cuando podía y se hospedaba en lo de los González Aguilar o en la casa de su amigo Alberto Granado. Visitaba a Chichina en su casa de Cerro de las Rosas, y los fines de semana se mudaban con sus amigos a Malagueño, la estancia que los Ferreyra tenían en las sierras, a mitad de camino hacia Villa Carlos Paz.

Eran tiempos de cabalgatas, asados y un poco de fútbol, y la ocasión de absorber el aire puro que su asma requería a bocanadas. En las sobremesas o al momento del sopor de la siesta, los amigos se juntaban para hablar de literatura, de cuestiones políticas o de filosofía, y escuchaban absortos las anécdotas que Ernesto contaba de sus viajes en el mar. A veces participaba de aquellas reuniones Ferreyra padre, y entonces nadie, excepto Fuser, decía exactamente lo que pensaba. En una de aquellas estancias Ernesto Guevara propuso casamiento a Chichina y una luna de miel viajando por América en una casa rodante. Casi una vida de caracol.

Esa idea de una vida de a dos y llena de vacíos sacudió a los Ferreyra. La familia de la novia no comprendía el enamoramiento de la princesa que todo lo tenía y que había sido criada con la asistencia de mucamas inglesas. El abismo entre el Guevara enamorado y la adolescente refinada era fomentado por un entorno que no soportaba al muchachito desaliñado y provocador. La indiferencia y los gestos de desaprobación crecieron en aquel 1951. A pesar de ello, Guevara participaba de las mesas familiares en Malagueño, donde aún se recuerdan los entredichos y algunas burlas. Pero, el Fuser no pareció sentir las nauseas se sentirse inferior.

El clímax de esas disputas llegó una noche en la estancia, después de cenar, cuando el joven Guevara criticó con ferocidad al primer ministro británico Winston Churchill y su política conservadora. La charla había empezado con la socialización de la medicina y las elecciones en Inglaterra. Pero terminó con un portazo del dueño de casa. Testigos de esa reunión cuentan que Horacio Ferreyra se indignó y dijo: «Esto ya no lo puedo aguantar». El empresario hasta se cuidaba de no llamar a Guevara por su nombre y por su apellido. Era simplemente el “sujeto”.

Guevara, aunque apasionado en la defensa de sus ideas, mantenía una timidez extrema para manifestar el amor. Viajes en barco, estadías en Buenos Aires y Córdoba fueron parte de los últimos meses del 51. Su madre, Celia de la Serna, contó años después: «Cada vez que llegaba al puerto me llamaba por teléfono para ver si había recibido cartas de Chichina, y me pedía que fuera corriendo a llevárselas».

Una danza guerrera bailó Fuser cuando su amigo Alberto Granados le propuso ser la compañía de un viaje en motocicleta por América. El trayecto fue diseñado entre ambos en la casa paterna de Granados y bajo una parra, que los protegía de la luz del sol. Los preparativos se resolvieron en pocas semanas. Salieron a bordo de una moto Norton 500 apodada La Poderosa II, desde Córdoba un 29 de diciembre de 1951. Al mismo tiempo, los Ferreyra iniciaban sus vacaciones de dos meses en la ciudad balnearia de Miramar.

Después de pasar Año Nuevo en Buenos Aires, en casa de la familia Guevara, los dos aventureros partieron hacia el mar. El 4 de enero cruzaron por el Parque Palermo y luego se detuvieron a comprar un cachorro de perro ovejero alemán, “por 70 mangos”, que Ernesto Guevara le puso como nombre “Come Back” (regresaré) para regalárselo a Chichina. El Día de Reyes Granados y Fuser se alojaron en la casa de un tío de los Guevara en Villa Gesell. Allí se aprovisionaron de legumbres y otros alimentos. En algunas horas cubrieron el trayecto hacia Miramar, una ciudad que los Guevara conocían de veranos anteriores. Surcaron la costanera hasta llegar al lujoso chalé de dos plantas frente a la playa, que los Ferreyra habían alquilado.

Aquel verano del 52 se resumió en ocho días. Paseos por la rambla de hormigón y tardes de playa compartidos entre Fuser y Chichina. A pesar de la hostilidad familiar los jóvenes novios surcaron amaneceres felices al arrullo del mar y la música de un piano. La estadía en Miramar debía durar dos días pero se había extendido más allá de la cuenta. La despedida íntima fue en el vivero, desde donde se escuchaba el choque de las olas contra las rocas. Entre altos pinos y médanos, Chichina y Fuser se hundieron en los asientos traseros del auto de los Ferreyra. “El enorme vientre del Buick”, como Ernesto Guevara lo definió en sus cuadernos de viaje.

El destello de felicidad de verano finalizó en una despedida con rastros de lástimas en Chichina. La descangallada motocicleta, que había sufrido cuatro caídas, fue reparada por un mecánico y bicicletero; lista para seguir hacia el sur. El dolor del joven Guevara quedó estampado en el poema del venezolano Miguel Otero Silva, cuyas estrofas toma prestadas para dedicárselas en el comienzo del diario de su viaje:

 

«Yo escuchaba chapotear en el barco /los pies descalzos /y presentía los rostros  anochecidos de hambre. Mi corazón fue un péndulo entre ella y la calle. Yo no sé con  qué fuerza me libré de sus ojos /me zafé de sus brazos. Ella quedó nublando de  lágrimas su angustia /detrás de la lluvia y el cristal. Pero incapaz de gritarme:  ¡Espérame, yo me marcho contigo!»

 

Una carta recibida en la fría Bariloche cerró el romance. Letras de una despedida obligada. Quizás por un relámpago de madurez que surcó a la adolescente o por las propias ordenes impuestas desde la familia. Guevara regresó de su viaje por Sudamérica meses después, pero Chichina ya no lo esperaba. La vida le había tacleado a su primer amor. (Por Gustavo Menéndez)

 

 

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