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Yanquetruz y la Salamanca por Fernando Brittez


Yanquetruz y la Salamanca por Fernando Brittez
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La Salamanca, lugar oculto en las penumbras de una cueva, en un río o en una pequeña quebrada, consagrado al culto del Diablo, donde se aprenden los maleficios y otros saberes herméticos. Una especie de templo donde se rinde culto a los excesos de la pasión humana y a donde se concurre para adquirir una sabiduría que allí existe y que es contraria a Dios. Hay salamancas en todos lados. Son famosas las de Santiago del Estero, como Tusca Pozo, Figueroa, El Rio Verde de Mayo Punta, Sauce Espina y Lorenza Pajada. En Tucumán la de La Isla y en Catamarca las de la zona de Mutquín y Los Robledos entre otras. También abundan en los Valles Calchaquíes, como la de San Antonio, Animaná, que está situada al costado de un camino, en una abertura de una roca que contiene antiguos petroglifos indígenas tallados.

En Patagonia y en las sierras bonaerenses hubo también salamancas. Siendo muy anciana, Doña Florentina Matilde Catriel, descendiente directa de esta familia de caciques pampeanos, recordaba que en la sierra de Pullú Calel, en el partido de Azul, vivía antiguamente “un Ser que levantaba tormentas”, a quien los antiguos hacían ofrendas en una gruta. El nombre araucano Pullú significa “nuestra alma” o “espíritu”, y Calel es “sierra”. El nombre se traduce entonces como “Sierra de los espíritus” y aparece mencionado en varios documentos y leyendas.

Para la sierras de Ventania hay referencias históricas acerca de que a principios del siglo XIX, el cacique tehuelche septentrional Llanquitur (Yanquetruz) entró en Cura Malal para hacerse langémtufe, es decir “matador” y “valiente”. Es el mismo sitio, se dice, donde el cacique azulero Cipriano Catriel, hijo del gran cacique Juan Manuel Catriel, habría conseguido otros dos corazones que palpitaban en su pecho, uno inconmovible y otro no, que determinaban el carácter de sus decisiones.

La fama del lugar llegaba hasta regiones muy lejanas. El “canto de Nahuelcheo” traducido por Lenz del dialecto pehuenche chileno a fines del siglo XIX, dice así: “Hermano, mi querido hermano, vamos a Curamalal; vamos a sacar remedio de la puerta, entonces, entonces valientes seremos. Hermano mío, querido, si sacamos el remedio de la puerta, entonces seremos valientes, hermano mío querido”. Allí iban, recuerdan los indígenas, a esa salamanca, a aprender a no tener miedo y a que no los tocaran las balas en los combates.

Y allí fue Yanquetruz, quien difícilmente creyese en el Diablo de los cristianos. Fue, como lo hicieron sus antepasados, a pedirle a un dios americano que le diera fuerzas para luchar contra el invasor europeo por la libertad de su raza. Y si ahí había un Diablo, era ya un viejo y cansado diablo indígena, que no pudo con ese Diablo nuevo que vino a  saquear y exterminar a los pueblos originarios, y a someter a los sobrevivientes a la miseria y a la servidumbre.

 

“11 de octubre: último día de libertad de los pueblos originarios”.

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