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El Maestro del Pincel y la Acuarela: Jorge Luis Acha, a 22 años de su partida


El Maestro del Pincel y la Acuarela: Jorge Luis Acha, a 22 años de su partida
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Jorge Acha fue acuarelista, fotógrafo, cineasta y mucho más. Su talento fue reconocido por los más exigentes críticos. A 22 años de su muerte, un recuerdo respetuoso para quien mostró a la ciudad desde el arte.

Adoraba ver cómo el mar besaba la arena o sentir el aroma de la tierra mojada por la lluvia. Sus pinturas en acuarela fueron evocaciones, paisajes que lo acompañaron desde niño y luego en la adolescencia, cuando su espíritu creador se aventuraba entre los senderos y el follaje del vivero. Pero no solo las manos se liberaban para crear. La mirada profunda lo llevó a incursionar en la fotografía en tonos de grises y en películas caseras.

“Necesito respirar la sudestada”, decía cuando lo sofocaba el cemento de Buenos Aires, donde había construido su carrera profesional; entonces volvía al mar y volvían a tomar vida los vientos y los temporales a través del pincel.

Jorge Luis Acha había nacido en Miramar en 1946. Con los años jóvenes se marchó a la ciudad del obelisco donde cursó estudios en las escuelas “Beato Angélico” y “Prilidiano Pueyrredón”, egresando como Maestro de Dibujo y Profesor de Pintura. En silencio construyó su carrera profesional y despertó elogios de la crítica nacional e internacional. “No hago otra cosa que representar los paisajes que me rodearon tanto tiempo. Soy de Miramar y vivo en Buenos Aires y por eso necesito respirar la sudestada”, señaló alguna vez.

Cuando inició una de sus recorridas por Latinoamérica incorporó a sus obras, la bruma de la costa peruana y el sol ecuatoriano evaporando la selva amazónica mientras resplandecía en las Islas Galápagos. También pintó los azules de las montañas lejanas de Chile y las tonalidades de las tierras de Bolivia.

“Espero seguir recorriendo el mundo para llegar a tener una imagen completa de lo que es este lugar; para tener la oportunidad de haber vivido en cada rincón, en cada clima y, entonces, seguir compendiando nuestro hábitat para modificar al que lo ignora o destruye, para intentar que mis pinturas dejen de ser una evocación”, dijo en uno de sus reportajes cuando su reloj biológico marcaba 30 años.

Su talento y formación lo hicieron destacarse en la pintura, en el cine y también incursionó en las letras. Para muchos artistas fue un destacado maestro que pasaron horas en su taller, en su refugio de San Telmo. Cuando los sonidos de la ciudad lo abrumaban y el olor fétido de los subterráneos lo invadían regresa al mar. Pero en especial regresaba a mirar el horizonte desde Mar del Sud, donde añoraba conformar su lugar en el mundo. Allí, en un octubre traicionero de 1996, temprano la muerte lo llevó en vuelo. Sólo tenía medio siglo de vida recorrido y sus manos listas para que sigan admirando sus obras. “Hago paisajes para caminarlos y los muestro para que otros tengan la posibilidad de recorrerlos. Me deleito provocando temporales, alboradas, vientos o resolanas. Trabajo para estar bajo el relente o las heladas; entre lagunas y playas. Quiero que mis cuadros huelan a pinos o tierra mojada por la lluvia”, explicaba en su juventud. Hoy, cuando se cumplen 22 años de ausencia, sus obras son el reflejo de esas palabras, que siguen representando a Miramar por el país y el mundo

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